El campesino que va más allá del cultivo

Quien se detenga en Monte Callado y mire sus pies, le espera la vida. Le esperan cardo, mastuerzo y otros yuyos que crecen entre las cañas del maíz y cada tanto un cayote, cuyas semillas han encontrado el rumbo hacia el Monte. No se escucha nada en el Callado, sólo el viento otoñal que está acariciando los campos de Tandil, una ciudad de unos 120.000 habitantes, 400 kilómetros hacia el sur de Buenos Aires. Son los campos de maíz y soja transgénicos, fumigados con productos de Europa, cosechados con máquinas de Norteamérica y vendidos a China e India. En esos campos industrializados de la pampa húmeda casi no se divisa al hombre que prepara la tierra de a caballo, casi no se lo ve trotando sobre Monte Callado, un pequeño oasis en un mar de monocultivos. El jinete se llama, Damián Colucci.

En la primavera pasada sembró su campo de manera artesanal: seis hectáreas de trigo, seis de avena, siete de maíz, diez de sorgo para la ganadería, más la pastura para los caballos. Ahora en el otoño con su Jeep, bolsas de arpillera y ayudantes que le dan una mano se prepara para la cosecha del maíz. Dos de ellos son del grupo “Paren de fumigar” que luchan hace años contra la agroindustria y sus químicos, el tercero es parte de la ONG Estación Permacultural, todos de Mar del Plata.

Por Romano Paganini para el blog Arquitectura sustentable.

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